- Oye, ¿qué haces este fin de semana?- Pues no lo he pensado todavía, ¿por qué?
- Es que tendría que ir a IKEA a comprarme una mesa de estudio, entre otras cosas...
- OK, no te preocupes, ya te acompaño.
- ¡Vale, gracias! ¿Te va bien que vayamos el sábado?
- Sí, sí, perfecto, pero mejor vamos por la tarde porque claro, si salgo el viernes por la noche... es mejor quedar por la tarde, ¿te parece bien?
- Sí, sí, de coña.
Así fue la conversación. Si llego a saber lo que me esperaba... He estado a punto de ponerme tal cual está la chica en esta foto, pues por culpa de unas patas que compramos que no eran las que iban con la tabla, ¡¡tuvimos que ir al día siguiente a reclamar lo que era nuestro a la sección de devoluciones!! Y cual fue nuestra sorpresa cuando nos dijeron que no nos podían cambiar la mesa porque se notaba que la habíamos forzado clavando los clavos.
Ante esta respuesta, a mi hermana, la impulsora de la aventura ikeril, se le asomó una lagrimilla. A mí ganas de llorar no me entraron, lo que sí que tenía eran ganas de matar al chico de la sección de despachos o estudios o como se llame, que nos asesoró tan divinamente: "Sí, sí, claro, podéis utilizar las mismas patas con esta tabla, no hay problema". Nosotras le creímos. ¿Por qué? No lo sabemos, quizás porque somos demasiado crédulas. La cuestión es que pagamos con creces nuestra credulidad.
Resultado: tenemos un tablero negro, muy mono pero con agujeros. Como dicen que todo tiene solución... pensando, pensando... hemos llegado a la conclusión de que los agujeros de la izquierda se pueden disimular con unas bandejitas de plástico cuya utilidad es poner folios, y los agueros de la derecha, que no son pocos, quedan totalmente desapercibidos con una súper lámpara de estudio. Sólo nos faltan los clavos cortos para aguantar las patas, aunque eso es lo de menos... ;->
Ahora únicamente nos queda esperar la respuesta de los jefes de IKEA. Tenemos la esperanza de que será pronto. Eso nos han dicho al poner la reclamación. No os preocupéis, una de las propuestas que les hacemos es que formen a sus dependientes... Pues una se siente engañada y estafada cuando llega a su casa, pone en práctica lo que le ha dicho el de la tienda, echa a perder todo o buena parte de lo que ha comprado, vuelve a la tienda para devolver lo que ha comprado y pedir explicaciones de lo que ha pasado y las únicas respuestas que recibe son:
- Lo siento, yo no puedo hacer nada (la responsable de las devoluciones)
- ¡Claro! Los clavos de las patas eran demasiado largos, tendríais que haber puesto unos más cortos... (el chico gafapastil de la sección de despachos o estudios)
Moraleja: no vayas a IKEA sin el presentador de bricomanía, pues te puedes encontrar con alguna sorpresa.
Creo que vamos a estar muuuuuucho tiempo en volver a esta gran tienda. Pero que conste que nos lo pasamos en grande, ¡fue todo tan surrealista!
